Imagen de la capilla ardiente de Mingote en los jardines de Cecilio Rodríguez en El Retiro
Una tarde de hace nueve años, mientras esperaba en mi entonces mesa habitual del
café Gijón a que los miembros de la RAE votaran sobre mi candidatura, uno de los
viejos camareros, que me conocía desde que entré por primera vez en el café
siendo un jovencito imberbe, me dijo: «Hubo un tiempo en que tener una silla
reservada aquí era más importante que tener un sillón en la Academia». Y tenía
razón. Pero lo que pude averiguar más tarde, una vez dentro, es que había algo
aun más importante que un sillón con tu letra en la sala de plenos, e incluso
que una mesa reservada en el Gijón: el perchero del vestíbulo de la RAE, con sus
perchas de bronce y su bastidor de madera con huecos para el bastón o el
paraguas.
Tanto me asombró el descubrimiento, que a las pocas semanas le
dediqué un artículo en esta misma página. 'El perchero de la Academia', se
titulaba. En él explicaba su protocolo centenario: cada académico tiene su
percha, identificada con el nombre, y debajo encuentra los jueves el correo que
recibe. Las perchas, excepto la del director, se asignan por orden de
antigüedad. Y con el paso del tiempo, los académicos que mueren dejan su lugar
vacante; de manera que los que vienen detrás avanzan percha a percha. Las
vacantes deberían producirse entre los académicos de más edad, pero no siempre
es así. Nombres de venerables abueletes ocupan desde hace décadas algunos de los
lugares más antiguos, enrocados allí mientras compañeros más jóvenes se quedan
por el camino. Son loterías de la vida, registrada puntualmente en ese viejo
marcador que nos recuerda, cada jueves, cómo, cada uno a su paso, nos
encaminamos todos a la muerte. En lo que a mi nombre se refiere, en noviembre
del 93, cuando escribí aquel artículo, ocupaba la penúltima percha, entre
Margarita Salas y José Manuel Sánchez Ron. Hoy tengo diecisiete por detrás.
El último hueco en el perchero me ha dejado en el corazón un agujero del
tamaño de un disparo de postas: Antonio Mingote era uno de los hombres más
afectuosos y cabales que conocí en mi vida. Uno de esos venerables abuelos a los
que antes me refería, y que dan a la Academia el tono, el prestigio y la solera.
Sobre Antonio se ha dicho tanto en las últimas semanas -algunas veces España
deja de ser madrastra ingrata y hace justicia a los mejores-, que insistir aquí
sería remachar lo obvio. Pero no puedo dejarlo irse sin más. Desde que entré en
la RAE formábamos parte de la misma comisión del Diccionario, la de Ciencias
Humanas; y cada jueves, antes del pleno, nos reuníamos para revisar las
definiciones que esa semana tocaban en suerte. Su bondad extrema, su fina
caballerosidad, los ejemplos gráficos que garabateaba en los márgenes de las
definiciones -conservo como un tesoro el dibujo de la palabra "canalillo"-, lo
hacían entrañable. Silvia, la guapa filóloga de nuestra comisión, lo amaba en
secreto. O sin él. En realidad lo amábamos todos.
La comisión. No pueden imaginarse lo atrozmente viejo que puedo sentirme
estos días, al asistir a ella. Lo incómodamente superviviente, cuando después de
colgar mi mochila en el perchero compruebo que la tarjeta con mi nombre se ha
movido de nuevo, avanzando otro puesto. Cuando entro en la salita donde nos
reunimos, veo desocupado el lugar de Antonio Mingote y pienso en los huecos que
he visto producirse en torno a esa mesa: el queridísimo Antonio Colino, el
sensato Castilla del Pino, el muy fumador Ángel González, el excéntrico
almirante Álvarez-Arenas, a quien cada tarde saludaba cuadrándome con un
taconazo que él agradecía con una sonrisa guasona de sus ojos azules... Sólo dos
de quienes hace casi una década me dieron la bienvenida siguen en esa comisión:
Gregorio Salvador y José Luis Sampedro. Los otros, Javier Marías entre ellos,
vinieron después. Sampedro acude siempre que la salud se lo permite, pero el
veterano Gregorio no falla nunca. Está allí jueves tras jueves, ejemplo de
académicos perfectos, dando tono y magisterio. Él y unos pocos más son los
últimos nombres legendarios de aquella Academia en la que ingresé tímido y de
puntillas, pidiendo perdón por hacerlo. Todavía lo pido cuando me siento en la
comisión del Diccionario, a la derecha de Gregorio Salvador -a la izquierda se
sentaba Mingote-, y lo miro respetuoso, como un fiel perro de caza miraría a su
amo, esperando el dictamen docto, la autoridad definitiva sobre esto o aquello.
En la RAE quedan pocos de los grandes; aunque, por suerte para quienes hablamos
la lengua española, allí siguen. Y todavía se les escucha, para irritación de
analfabetos e imbéciles. Después, que corra el perchero y el diablo nos lleve a
todos.
XL Semanal, 6 de mayo de 2012