Ernest Alós entrevista a Arturo Pérez-Reverte en El Periódico de Cataluña

Arturo Pérez Reverte, el pasado miércoles en Madrid, paseando por los aledaños de la Real Academia Española. (AGUSTÍN CATALÁN) Arturo Pérez Reverte: «El sexo en una novela es un campo de minas»
Publica ‘El tango de la guardia vieja’
ERNEST ALÓS
MADRID
Noviembre de 1928. En el trasatlántico Cap Polonio, el destino de Max Costa, bailarín profesional, ladrón de guante blanco, gigoló y desertor de la Legión, se cruza con el de un compositor español que viaja a Argentina en busca de inspiración para componer un tango que compita –es una apuesta– con el Bolero de su colega Maurice Ravel. Y sobre todo con el de su mujer, la granadina Mecha Inzunza. Volverán a encontrarse en los bajos fondos bonaerenses, en la Niza de 1937 y en el Sorrento de 1966. Un largo baile de cuatro décadas, El tango de la guardia vieja , título de la última novela de Arturo Pérez Reverte (Cartagena, 1951). La más romántica de su larga bibliografía.
–La foto de la portada ya tiene todo el ambiente de la novela.
--Me gustó, además, porque es Grace Kelly pero no se la reconoce al primer golpe de vista. La vi y dije: «Esta es la foto». Está en el Carlton de Cannes, durante el rodaje de Atrapa a un ladrón .
–El tango de la guardia vieja. ¿Es un libro que gira alrededor de un tango, o es un tango en sí mismo?
–¿Por qué el tango? Primero, el tango puso música al primer tercio del siglo XX. Segundo, el tango es geometría. Yo siempre me apoyo en algo –las bombas, la esgrima o el ajedrez– que me da una plantilla para encajar la historia en ella. Tercero, el tango es sexo, en vertical y vestidos, pero sexo. Y cuarto, el tango engaña. Uno mira y piensa que es el hombre el que está mandando. Pero cuando uno se fija no es así. El tango es una mujer inteligente tejiendo, en torno a un hombre, un mundo. Y el libro es un tango, sí. Hay tres encuentros y desencuentros a lo largo de 40 años de sexo, de amor complejo, de exploraciones turbias, de soledad, de fracaso elegante. Y, al final, la melancolía cuando la música se ha acabado y los camareros ponen las sillas del salón sobre las mesas.
–También hace historia del tango. ¿Qué es el tango de la guardia vieja?
–El tango que conocemos es el tango alisado, blandito, socialmente adulterado. Rodolfo Valentino, ese tipo de posturas. El tango de verdad era de burdeles, se tocaba más rápido. El tango de la guardia vieja, el antiguo, el original, tenía letras de rufianes, cínicas, golfas, carcelarias. Ese tango llorón, melancólico, del cornudo abandonado, es posterior.
–Hay momentos muy de bajos fondos pero, en conjunto, ¿el libro no es más bien un tango un poco de salón?
– Sí, pero los que lo bailan saben que el tango es otra cosa. Y hacen alguna incursión a ese territorio.
–El sexo tiene en esta novela un papel notable.
–El sexo en una novela es un campo de minas. Es como jugar al siete y medio. Es muy difícil saber cuándo te tienes que plantar. Si te pasas eres vulgar, y si te quedas corto eres mojigato. Contar esas escenas de sexo explícito, complejo, con rincones turbios, a veces no a dos sino a más, pero hacerlo sin caer en la vulgaridad, es un problema de cojones.
–Si bailan un tango y meten pierna no puede venir después un fundido en negro...
–Esta novela requería sexo. La escena del burdel es una escena definitoria. Pero es que ella es muy importante. Ella es la protagonista. Es una mujer inteligente que descubre que tiene rincones oscuros y los explora con serenidad. Y es él quien la mira asombrado. Imagínese una pareja viendo una película porno: el hombre lo que mira es la cara de la mujer. Es un símil vulgar pero plástico. El hombre siempre piensa que es él quien incita a la mujer. Pero se limita a abrir la puerta. La mujer entra por ella y el hombre la sigue acojonado. ¿Quién tiene la imaginación, quién tiene el coraje, quién tiene los huevos? Ellas. El proceso intelectual del sexo de una mujer inteligente es tan complejo... tan lleno de sorpresas narrativas y reales que es fascinante. Max es un buen soldado, un buen chaval, al que se le ve venir. Una mujer como esa, que le dé una palmada y le diga «eres un buen chaval»... es el premio de su vida. Tú conquistas Troya, te tiras por un barranco, atracas un banco, matas a tu mejor amigo... y lo haces por esa mirada. Max es un aventurero romántico, ella es una hija de puta inteligente. Es la mujer con mayúsculas que todos los hombres en nuestra vida hemos querido conocer, y que algunos con suerte han conocido.
–Esa relación se parece mucho a la del corsario Pepe Lobo y la naviera Lolita Palma en El asedio .
–El impulso narrativo es el mismo. Es una ampliación, en el fondo es la misma historia de amor.
–¿Qué le interesa del gran mundo en los años 20, 30 y 60 para convertirlo en el escenario de la novela ?
–Era el decorado necesario. Estoy hablando de un mundo que se extingue. No hay melancolía, era un mundo injusto y clasista, y en esta novela hay mucho rencor social. Pero a la que desaparece ese mundo desaparecen los Max, y las mujeres como Mecha. Aparte, hay un placer personal, estético, en recrear esas maneras, ese glamur .
–Se recrea en los detalles. La marca de los relojes y las camisas, la distribución de espacios en el barco...
–Una novela es un artefacto que uno tiene que montar con meticulosidad relojera. La documentación no es decorativa, tiene una función narrativa. El lector puede no saber que llevar una camisa de Charvet es un lujo, pero todo eso va creando un estado de ánimo adecuado para incorporar los personajes. Si a un húsar que va a cargar le pongo un mechero de butano en el bolsillo, me he cargado al húsar.
–Hay escritores que cuando los pillas con el mechero alegan que, en la ficción, ya se sabe...
–No. La ficción no es disculpa para el anacronismo. A veces el escritor disfraza así su incompetencia.
–Los personajes no son reales, pero ese banquero que financia a Franco se parece a Juan March.
–Claro. Y esa red de espionaje franquista de los barcos para la República, que el servicio secreto italiano también estaba allí... hay una ternura, eso sí, por los agentes italianos. Los italianos me caen bien. Creo que es un país desgraciado como el nuestro, pero con un sentido del humor que hace que tengan menos vileza y menos ruindad que los españoles. El italiano levantaba el brazo y cantaba Giovinezza, pero, mientras, se descojonaba. El español cantaba el Cara al Sol y se lo creía. Quizá, el mismo, después cantaba Els Segadors... Pero dejemos el tema aquí, por favor, y no nos metamos en jardines.

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