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El género abandonado


Pese a ser libros graciosos algunas de las obras maestras indiscutidas de la literatura universal -El Quijote, Tristram Shandy, El sueño de una noche de verano, Alicia en el País de las Maravillas y hasta Los viajes de Gulliver-, el humor y la comedia no gozan de mucha reputación entre los críticos y estudiosos actuales. Es como si cualquier asunto, por importante que sea, resulte "rebajado" si es acometido con ligereza y con ironía y sin aspavientos, y en cambio el tono grave y campanudo venga inmediatamente premiado, aunque los asuntos que con él se traten sean baladíes o trillados o impostados. Lo peor -lo que hace pensar que estamos ante una tendencia general de nuestro tiempo, que no se limita a lo literario- es que con el cine ocurre lo mismo. Es sorprendente comprobar cómo en una época que se presume menos ingenua que cualquier otra anterior -bueno, el presente siempre cree eso-, los críticos y los espectadores son más fáciles de engañar que nunca, y cómo el "gesto" de los autores -sean literarios o cineastas- acaba predominando sobre lo que en verdad dicen sus obras. Alguien presenta su nueva película como "muy profunda" o "muy desgarrada", como "coral y mestiza", como una "denuncia" de esto o lo otro, como "una reflexión sobre las miserias del ser humano contemporáneo", y acto seguido parece como si casi nadie fuera capaz de distinguir lo anunciado por ese autor de lo que contempla luego en la pantalla. Se supone que la misión de los críticos es justamente esa, distinguir sin dejarse persuadir por la grandilocuencia, pero ya casi nunca lo logran. Si una película tiene el ademán ampuloso, o se ocupa con enorme solemnidad de un tema "serio" -el paro, el maltrato a las mujeres, la explotación de los países pobres, el Holocausto, la eutanasia, algo social a poder ser-, al instante se califica tal película con dos de los adjetivos más falaces y tontos de cuantos se tienen a mano, a saber: "necesaria" e "imprescindible". Falaces y tontos porque no hay ninguna obra de arte -ni siquiera del pasado- que sea una cosa ni la otra. Es cierto que el mundo no sería el mismo si no hubiera habido literatura ni cine, pero sí lo sería si no hubiera existido la obra de cualquier autor determinado, con las posibles excepciones -sólo posibles- de Shakespeare y de John Ford, los cuales, dicho sea de paso, cultivaron la comedia, y no sólo como género, sino que la hicieron aparecer también, aquí y allí, en sus mayores tragedias. O, expresado de otro modo, nunca se permitieron presentar éstas con el gesto ampuloso. El que es bueno de verdad nunca lo necesita. Sólo lo necesita el farsante.


Se aplauden incondicionalmente películas solemnes y huecas como las de Lars von Trier o González Iñárritu o hace ya más años la horrenda El piano de Jane Campion, por no hablar de españolas como Mar adentro, Los lunes al sol o alguna de Medem, y las loas son tan unánimes y conminatorias que quien no se suma a ellas es visto como un hereje. Les llueven los premios y el reconocimiento, por lo que no es nada extraño que los cineastas con ambiciones artísticas no se atrevan a rodar jamás una comedia. Las que se hacen son estrictamente comerciales, facilonas y chuscas, es decir, sin ambiciones, cosa que sí tenían las comedias clásicas auténticas, las de Billy Wilder y Lubitsch y Capra, las de Donen y Cukor y Minnelli y Edwards, las de Hawks y Leisen y Chaplin, las de Dino Risi y Comencini en Italia, las de Mackendrick y Crichton en Inglaterra, las de Berlanga y Ferreri en España. Las suyas son comedias profundas, si la combinación es aceptable -y no veo por qué no-, que maravillan por su ingenio y su ritmo y su gracia, pero que además no se olvidan nada más salir de la sala. El apartamento y Primera plana y El bazar de las sorpresas, Ser o no ser y La fiera de mi niña y Luna nueva, Desayuno con diamantes y Mi desconfiada esposa y Página en blanco, La escapada y Todos a casa, El verdugo y Bienvenido, Mr. Marshall, todas ellas dejan huella y emocionan, a la vez que divierten sin cesar y arrancan de vez en cuando la carcajada. Uno las ve con una sonrisa en el rostro, pero es una sonrisa emocionada. ¿Hace cuánto tiempo que eso no nos sucede? Extrañamente, sólo hay retazos de aquello en películas con cierto humor de mala sombra, como algunas de Tarantino o de los hermanos Coen.


Ahora pasan por comedias obras que carecen enteramente de varios de los elementos característicos del género: la elegancia, la ausencia de subrayados, la sutileza, la complicidad de buena ley con el espectador, y por supuesto la alegría, aunque fuera una alegría melancólica a veces. Pasan hoy por comedias memeces rudimentarias como Sexo en Nueva York o Guerra de novias, por mencionar dos que me he tragado hace poco, cosas amorfas y ñoñas, sin guión y sin encanto. También pasan por tales las películas que protagonizan una serie de "cómicos" detestables y sin atisbo de gracia que no comprendo cómo tienen éxito: Ben Stiller, Adam Sandler, Will Ferrell, Rob Schneider, los ya veteranos y sosísimos Steve Martin y Jim Carrey, y el más reciente y abominable, un tal Seth Rogen que al parecer hace reír a los jóvenes "modernos" (?). Hasta Woody Allen ha recurrido a algunos de ellos en un par de ocasiones, y no sé qué es más deprimente, si tal rebajamiento o su caída en el más absoluto ridículo en cuanto ha puesto una cámara en España. Y, dicho sea de paso, es significativo que a Allen le lleguen los mayores elogios cuando se pone trascendente, como en la tramposa y autoplagiaria Match point -una pobre variación de Delitos y faltas-, y abandona la comedia. Otro tanto puede decirse respecto a Clint Eastwood: cuanto más tremendista y afectada es la historia que cuenta, como en Mystic river o en Million dollar baby, más parabienes recibe, mientras otras películas suyas menos pretenciosas y severas y "griegas", como Deuda de sangre o Gran Torino, son despachadas como "menores" rápida y despectivamente. Parece que vivamos en un mundo pomposo y dramático y grave, en el que no tienen cabida la gracia ni la ligereza.


Nada, pues, incita a hacer comedia, menos aún alta comedia. En cuanto un actor o una actriz interpretan un papel de loco, o de idiota, o de ciego, o de fea -si la actriz es guapa-; si hacen el histérico en la pantalla, o aparecen en ella desgarrados o histriónicos, o imitando a un borracho o a un drogadicto o a alguien real con una nariz postiza, o poniendo acentos raros, se los premia en el acto con un Oscar: es algo sabido que, cuanto peor y más exagerado y risible esté un buen actor en un film, más posibilidades tiene de llevarse la ignominiosa estatuilla. En cambio, lo que es casi seguro es que no la conseguirá jamás nadie por su actuación en una comedia, y sólo así se explica que nunca la obtuviera uno de los mejores intérpretes de la historia, Cary Grant, y que Jack Lemmon sólo la alcanzará como principal por un pesadísimo y mediocre papel dramático: el pecado de ambos fue participar en demasiadas películas de ese género hoy casi abandonado y que sin embargo, a los que aún crecimos con él, nos enseñó algunas de las mejores lecciones. Una de ellas, por cierto, fue no ir por la vida como van tantos críticos y espectadores de este siglo nuevo -con la solemnidad pintada en la frente-, y saber que en todas las situaciones, hasta en las más tristes y dramáticas, siempre hay algo que nos hace gracia, y que así nos alivia o nos salva.


Javier Marías, el País, 15-08-2009

Comentarios

  1. Se lleva lo histriónico, Ada. La comedia actual me pone los pelos de punta, por zafia, hortera, cutre, trillada y patética. Es francamente difícil que una peli me arranque carcajadas (una peli de hoy día) o encontrar argumentos que vayan más allá del humor escatológico y el despelote. Antes eran "comedias de adolescentes", ahora resulta que eso es LA COMEDIA. Pelín triste.

    Y resulta que con el cine "serio" nos vamos al otro extremo. Todo tiene que ser profundísimo, desgarradísimo y crudísimo. Salvo raras excepciones (jamás pensé que nadie osaría reírse del nazismo y el holocausto, reírse con inteligencia, y resulta que sí que se atrevieron unos pocos después de Chaplin).

    Pasa igual con las interpretaciones, todos sabemos que hacer de loco, enfermo terminal, retrasado, autista o de fea depresiva (tras pertinente transformación de bellísima actriz) te asegura el Oscar. Siempre cosas extremas. Reconozco que nunca he podido soportar esas escenas en las que el guapo o la guapa debe parecer igual de bello mientras llora la muerte de su hijo, y ves una cara angelical y pluscuamperfecta por la que resbala una lagrimita. Confieso que me gustan las caras de verdad, desgarradas, fruncidas, con arrugas y con mocos, con los pelos desgreñados. Me gusta cuando me hacen creer en ese dolor si es preciso. Pero siempre me ha parecido increíblemente difícil "contenerse". Esas escenas en las que el protagonista aprieta los labios, y sus ojos se llenan de lágrimas, y aguanta, aguanta, se sostiene, y consigue decir tanto sin aspavientos... buf!! Tremendo. No me entusiasma que se premie el histrionismo ni la sobreactuación.

    Aunque lo más lamentable, la verdad, me sigue pareciendo la mayoría de los argumentos. Vacíos y repetitivos unos, ampulosos otros. Me gustan las historias sencillas bien contadas, a menudo son las más grandes. Y de esas ya se hacen pocas, por desgracia.

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  2. Genial este artículo, me ha encantado!!
    Le doy toda la razón a Javier Marías, sobre todo en lo de que si "osas" decir que no te gusta una peli "sesuda" de esas como Mar adentro ya eres tachado de hereje, aunque en el fondo sepas que muchas de esas películas no dejan de ser la misma mierda que otras de cine comercial, sólo que camufladas bajo una cortina de humo de intelectualismo y denuncia social.
    Como me joden esas películas que se valen de los problemas sociales o el dramatismo para intentar ir de obras maestras, la verdad es que la mayoría de películas de ese estilo que hacen hoy en día no me atraen en absoluto, y claro lo dices y parece que eres un inculto cinematográfico y que no tienes gusto. Pues sí, no tendré gusto, pero el 90% del cine actual no me interesa para nada, me quedo con lo que se hacía hace 10-15 años que al menos era mucho más fresco, y sobre todo me quedo con el cine clásico de Hollywood y con esas grandes comedias de Billy Wilder que hoy en día no tienen cabida en ninguna sala de cine, pq lo que hay ahora ya ni son comedias, si al menos hicieran reir!! En fin, esperemos que esto cambie algún día, aunque lo dudo

    Ah, y lo del apellido de Marilyn es pq ella nació como Norma Jean (o Jeane como leía en algún sitio) Mortenson, pero luego su madre se lo cambió a Baker pq al parecer no estaba muy claro quien era su padre o rollos así jaja

    Y no sabía lo de las gafas esas de Pimkie, tengo uno aquí pero no suelo entrar mucho. Lo que pasa es que dudo mucho que me sirvan, como tengo la cara muy pequeña casi todas las monturas me quedan inmensas, menos las gafas cat eye de mujer de los 50 que no sé por qué la mayoría eran super pequeñas, por eso aprovecho y me compro tantas por ebay jaja

    1 beso!

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