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No podía poner como excusa que había llegado tarde el autobús. Ni siquiera que había salido medianamente tarde del trabajo, que iba con prisas a todas partes. C. le aseguró que Fernando estaba allí para solucionarle la vida.

Sentada en el autobús, mirando la nada, con ganas de dormir. De repente aparece C., una cara conocida. No podía ignorarlo. Se sentaron en la parte de atrás.
C. estuvo todo el trayecto intentando sacar nuevas conversaciones. A ella le parecían conversaciones sin sustancia. No dijo nada y le siguió el juego. Era experta en asentir mientras ella estaba muy lejos de ese autobús. Se sintió incómoda cuando él le cogió la mano. Tenía 20 años pero a veces C. se comportaba como si hubiese superado la treintena. La cogió de la mano y volvió a ser ese niño que la miraba de reojo con los ojos vidriosos, la mirada anhelante y le hablaba de mitología griega.

Le preguntó varias cosas sin interés. C le dijo que hablase con Fernando, que estaba allí para solucionarle la vida.
Dicho esto, bajó del autobús preguntándose sobre el sentido que tenían sus palabras.

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